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ABR

El pontífice cerró el Jueves Santo con una tradición que realiza desde sus épocas de arzobispo porteño, para imitar el gesto de Jesús con sus discípulos en la Última Cena

MA.- Tal como solía hacer siendo arzobispo de Buenos Aires, en señal de servicio y evocando lo que hizo Jesús durante la Última Cena, Jorge Bergoglio les lavó hoy los pies a 12 detenidos -seis hombres y seis mujeres- de la cárcel romana de Rebibbia.

En un clima extremadamente emotivo, antes de realizar este rito tradicional del Jueves Santo por tercera vez fuera del Vaticano, en un sermón brevísimo, directo y conciso, el papa Francisco explicó el por qué de este gesto de humildad y servicio.

"Jesús nos amó, nos ama, sin límites, siempre. El amor de Jesús no tiene límites, no se cansa de amar, nos ama a todos. Es tanto el amor, que se hizo esclavo para purificarnos, curarnos", dijo.

Tal como había hecho el año pasado, el Papa explicó que en tiempos de Jesús era una costumbre lavar los pies de quien llegaba a un hogar, porque las calles eran polvorientas. "Pero eso no lo hacía del dueño de casa, lo hacían los esclavos", recordó.

"Yo también necesito ser lavado por el Señor. Recen para que Dios lave mis suciedades y para que me convierta aún más esclavo en el servicio"

"Tenemos que tener la certeza de que cuando el Señor nos lava los pies nos purifica, nos hace sentir su amor", siguió, y lo definió como un amor tan incondicional como el que tienen las madres por sus hijos. "Yo lavaré los pies de 12 de ustedes, pero en estos hermanos y hermanas están representados todos los que viven aquí", aseguró, al referirse a la cárcel de Rebibbia, de las afueras de Roma, que aloja a unos 2000 detenidos. "Pero yo también necesito ser lavado por el Señor", advirtió. "Recen para que Dios lave mis suciedades y para que me convierta aún más esclavo en el servicio", pidió.

Acto seguido, ayudado por algunos colaboradores y en un evidente esfuerzo debido a sus 78 años, Francisco se fue arrodillando doce veces ante seis hombres y seis mujeres de diversas nacionalidades, entre los cuales algunos africanos, de Ecuador y Brasil. Les lavó los pies -utilizando una jarra y una toalla- y luego se los besó. "Gracias", les decían tímidamente los elegidos para este gesto, a quienes el Papa les devolvía una sonrisa.

La emoción era evidente en el rostro de los doce reclusos. Una de las imágenes más fuertes fue cuando el Papa le lavó los pies a un bebe de color y luego a su madre, que estaba en lágrimas.

GRAN ENTUSIASMO

Igual de conmovedora fue la llegada del Papa a la cárcel. En medio de aplausos y gran entusiasmo, saludó, uno por uno, a las decenas de reclusos de diversas nacionalidades que lo esperaban detrás de un vallado, que no iban a poder estar en la misa en la capilla de la cárcel, donde cabían solamente unas 300 personas. Entonces, bendijo rosarios, se dejó besar y abrazar por los detenidos, sonriente, concediéndose a todos. Lo mismo ocurrió al ingresar con paramentos a la misa de la Última cena y al salir de la ceremonia. El año pasado el Papa le había lavado los pies a 12 doce enfermos de un centro y el anterior, a 12 menores detenidos en una cárcel de las afueras de Roma.

Por la mañana, durante la misa crismal- celebración en la que se bendicen los óleos sacros que se utilizan en bautismos, confirmaciones, ordenaciones y para los enfermos y los sacerdotes renuevan sus votos sacerdotales- en la Basílica de San Pedro, Francisco sorprendió con un sermón muy profundo que giró en torno del cansancio de los sacerdotes: sacerdotes que deben cansarse por su servicio por los demás, que no deben ser curas con cara de vinagre o aburridos, sino alegres y con olor a oveja.

"¿Saben cuántas veces pienso en el cansancio de todos vosotros? Pienso mucho y ruego a menudo, especialmente cuando el cansado soy yo. Rezo por los que trabajan en medio del pueblo fiel de Dios que les fue confiado, y muchos en lugares muy abandonados y peligrosos. Y nuestro cansancio, queridos sacerdotes, es como el incienso que sube silenciosamente al cielo. Nuestro cansancio va directo al corazón del Padre", dijo.

Exaltó luego el cansancio del sacerdote con olor a oveja, " pero con sonrisa de papá que contempla a sus hijos o a sus nietos pequeños", que diferenció totalmente de aquellos sacerdotes "que huelen a perfume caro y te miran de lejos y desde arriba". "Si Jesús está pastoreando en medio de nosotros, no podemos ser pastores con cara de vinagre, quejosos ni, lo que es peor, pastores aburridos", dijo, al pedir "olor a oveja y sonrisa de padres"



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